Por Lina Vanessa Palacio Marín

 

Mientras lavaba con Mariana, los vasos del cacao que nos tomamos en la clase de meditación, Andrés me pidió el favor de escribir sobre mi experiencia en estas prácticas y sonreí, el corazón se me aceleró y como ahora, este túm-túm se hace muy fuerte porque voy a escribir sobre lo que ha sido encontrarme (hace tres años y medio) con ellos: con Andrés y con Gisela, mis grandes maestros amigos, y por supuesto, conmigo misma.

Recuerdo que la primera vez que los vi, fue en una institución educativa donde trabajaba como docente para maestros en formación, ellos estaban ofreciendo un taller de yoga con literatura para niños. Fue maravilloso ver como esos pequeñitos de todas las edades, estaban plenamente atentos, escuchando y moviéndose al ritmo de un texto cargado de imágenes, sonidos e invitaciones a respirar sintiendo el cuerpo. Desde ese momento, me enamoré de ellos, de su magia cargada de sabiduría y del reflejo vivencial de una mezcla de teorías que me habían llamado la atención desde discursos o textos, pero que en ese momento estaban allí, en sus propuestas, convertidas en sonrisas de colores.

Cuando terminaron el taller, comentaron que ofrecían clases de yoga, meditación y charlas sobre el libro álbum… Y desde ahí, me conecté con ellos. Empecé muy juiciosa, entusiasmada y algo asustada a querer saber de mí, de mi cuerpo con todas sus sensaciones y de lo que había en mi interior y en mi cabeza; me dije a mi misma –Por fin voy a aprender a escuchar esas vocecitas que me hacen hablar sola, casi que sin parar y que muchas veces me aturden por todo lo que mencionan, haciéndome salir corriendo a ocuparme en muchas cosas. Y pues vaya aventura inimaginable la que empecé junto a ellos acerca de mí.

Fue así como en las primeras clases de yoga y Mindfulness: atención plena, me permití detenerme y sentir de forma consciente el cuerpo. Estaba tan, tan cansada… Y abrir espacio en los músculos a través de movimientos y respiraciones fue un gran ¡Aaaahh! que junto con las referencias y prácticas amorosas de “Tay” (Thich Nhat Hanh, nuestro maestro de meditación) empecé a escucharme y conocerme desde aspectos tan sencillos como identificar las actividades que en mi vida me hacían sentir felicidad “las semillas de felicidad”; empecé a percatarme de mi propia respiración, de la longitud de la inhalación y la exhalación (es más larga mi exhalación), de las sensaciones del aire en la piel, de la textura de la ropa, de la temperatura, de mi clima interior que muchas veces se sincronizaba con el exterior, de las flores y hojas de la naturaleza, de la variedad de cantos de los pájaros, del cielo azul tan idéntico al del mar y la sensación de ambos: inmensidad. Y los ojos… Wow, la cantidad de formas, colores, tonos de café que se mezclaban con las sonrisas o caras largas de quienes me rodeaban. Empecé a redescubrir el mundo como antes, con asombro y alegría, así como cuando era niña.

Todas estas conexiones hicieron que me empezara a relacionar de forma distinta con mí realidad, con menos prisa y como alguna vez me dijo mi hermana, “paré de correr”, ya no tenía tanto afán… Me estaba desaturdiendo de esas vocecitas parlanchinas en mi cabeza y no estaba saliendo a correr a ocuparme de muchas cosas, porque ya estaba ocupada: estaba sintiendo con mayor intensidad.

Y cómo no querer compartir semejante regalo con quienes me rodeaban, además de hablarles a todos de estos y otros descubrimientos y tratar de enseñárselos, me apunté a cuánto evento sacaba EU-Yoga e inscribí a los grupos con quienes trabajaba para clases de meditación y movimiento consciente. Para ellos, (jóvenes y adultos) también fue una experiencia muy hermosa, llena de espacio para ser y sentir en medio del agite de la vida escolar.

Estas prácticas se fueron profundizando con “Ceremonias de Cacao” –Amo nuestra herencia ancestral. y otra vez, ellos, me conectaron con esta resonancia de mi interior. En mis estudios en la universidad había escuchado sobre saberes ancestrales, plantas medicina y ceremonias de diversos tipos, pero no sobre el cacao, ni que era la planta del corazón, –dizque del corazón, ese motorcito que había en mi interior y que sin duda alguna quería escuchar, conocer, abrirle un rotico y mirar adentro. Recuerdo que en mi primera ceremonia de cacao tenía la intención de sanar mi primera relación amorosa y amarme verdaderamente. Lo primero que ocurrió fue muy bello, porque tan sólo con oler el chocolate, se me aflojaron algunas lágrimas –quizás esa sabiduría de más adentro sabía que me conectaría con el dulce pero también con el amargo de mi vida: con todo lo necesario para abrir el corazón y amarme de verdad.

De ahí en adelante continué en clases de meditación y ceremonias de cacao en donde se empezó a abrir ese rotico que quería para ver dentro del corazón: allí, en esos encuentros descubrí la sonrisa de mi corazón que se ve como la sonrisa de mi niña interior de un año y se siente como una suave pero poderosa luz de tranquilidad que se expande en cada célula del cuerpo, creando espacio; también me hice un lugar seguro (–que por cierto es cambiante, a veces es un lugar en la naturaleza, otras la playa, una casita en el bosque o el espacio estelar) en donde podía sentir profundamente mi cuerpo, las emociones y conocer los pensamientos que las desencadenaban.

Andrés y Gise me ofrecieron sin condiciones (y aún lo hacen) un lugar seguro en su hogar, –les confieso que es uno de mis lugares favoritos en el mundo, en donde se puede ser uno mismo, sentir las emociones (agradables o desagradables) y observarlas sin juicio, abrazándolas para recibir sus mensajes que pueden venir en forma de pensamientos, recuerdos de infancia, síntomas en el cuerpos, imágenes o símbolos.

Con estos espacios me fui quitando máscaras, pensaba que era una persona feliz, (–feliz pero ansiosa y adicta a quitarme cualquier síntoma del cuerpo con medicamentos). Honestamente y ahora apenas lo veo, tenía la máscara de la felicidad que ocultaba todo el miedo a sentir la tristeza que habitaba en mi interior. Poco a poco me permití sentir la tristeza; recuerdo que la describía como un remolino frio en el corazón que me deja sin fuerza, esta sensación se mezclaba con taquicardias que parecían ancharme bruscamente el corazón, a esto lo reconocía como miedo. Y me cuestionaba un montón ¿miedo a qué o a quién, por qué había un mar de tristeza contenido en lágrimas que no sabía llorar? Aún no lograba aclararlo y practicaba lo que sabía, conectarme de nuevo con la respiración, ese calorcito suave que, siguiéndola, dibujaba una leve sonrisa de confianza en mí ser.

Con las prácticas me permití aclarar un poco ese mar incontenible de tristeza del que tanto huía ansiosamente. Andrés y Gise estuvieron de nuevo ahí (con paciencia y amor) ofreciendo más y más espacios en los que, junto con el cacao y meditaciones guiadas, yo misma me daba cuenta de mis creencias raíces, de que había aprehendido que la tristeza y la depresión (–presente en las patologías de mi hogar) no podía permitirme sentirlas porque yo tenía que ser más fuerte y además eran una enfermedad, algo indeseable e incurable. Y sí estaba triste y sin fuerza, ¿quién iba a soportar la tristeza y enfermedad que había en mi hogar?

Darle voz a eso que no quería nombrar y reconocer que no sentía a mi propio hogar como un territorio seguro porque representaba para mí un lugar de dolor y enfermedad, me conectó con la culpa y la vergüenza por estar siendo malagradecida y con la ira de no querer aceptarlo. De nuevo, Andrés y Gise estuvieron allí para darle espacio a estas emociones y ayudar a mover esa energía, ampliando el panorama de comprensión.

Reconocer que gracias a las enfermedades en mi familia habían llegado regalos como nuevas formas de relacionarnos: más unidos, y que yo no tenía la responsabilidad ni la culpa de lo que ocurría y que todas estas manifestaciones crónicas e “incurables” no eran más que el rechazo del propio poder, de la resistencia al encuentro con quienes realmente somos, me llevó a tomar decisiones como independizarme de nuevo, devolverles el poder de actuar frente a las circunstancias que ellos mismos habían elegido, dejarles de recriminar por sus conductas adictivas (cigarrillo, licor, medicamentos…) y empecé a ocuparme de mi: de la alimentación (no sólo en la comida, sino también de lo que veía, escuchaba, con quienes me relacionaba y de lo que estaba haciendo en mi vida para cultivar bienestar.

Estando en esto, también me di cuenta de que me estaba desgastando en el trabajo, empujando procesos ante directivas y estructuras inflexibles. Estaba tan cansada y triste sosteniendo eso que decidí cambiar de lugar de trabajo –Eso sí que fue loco, porque ese lugar donde estaba me había formado y estar ahí fue un sueño de niña: “Ser profe de profes”, y ¿cómo dejar sin pena un lugar que me había ofrecido refugio y aprendizajes? Sentí que se me rasgaba la piel y el corazón y digo loco porque era algo así como dejar el dolor con dolor y mucho miedo: ¿qué vendría?

Después de esta vertiginosa partida llegó un encuentro: Me encontré con mis otros grandes maestros: los niños pequeños y esa sí que ha sido la aventura, porque ellos me conectan día a día con mi niña interior, esa a la que le gusta mucho jugar, aprender y sentir profundamente. Justamente con ellos, empecé a compartir lo aprendido en el camino. Además de brindarles mi presencia y practicar el sentir las nuestras con respiraciones, escucha atenta, juegos, canciones y libros, nos hemos conectado con la tristeza del interior –que, curiosamente, era la misma que yo tenía a su edad: No debo estar triste porque esto aumentaría la tristeza de mis seres queridos; debo ganarme su amor, debo hacer todo muy bien para que ellos no sufran y ayudarles a salir de las necesidades… De nuevo, me saludaba el dolor de un amor condicionado que está muy vivo en las raíces de las creencias sociales, pero que ahora, gracias a las prácticas, viene acompañado de la confianza del sentir para comprender y amar verdaderamente.

De hecho, este proceso de transformaciones junto a los peques ha sido muy confrontador, he sentido miedo de hacerles daño por permitirles sentir lo que quieren expresar, pero al mismo tiempo he sentido confianza porque sé, por mi propia experiencia, que esto también pasará y que en la medida en la que nos conectamos con emociones desagradables como la tristeza o el miedo de forma profunda también podemos hacerlo con el espacio y la plenitud de nuestros corazones.

Un día, Daniel de 8 años, se encontraba agripado y después de nuestras prácticas contemplativas, que las hacemos a diario al empezar la jornada, denominándolas: “Momento Mindfulness” y que algunas veces, lo acompañamos con literatura infantil (Especialmente libro álbum: Que también lo he ido conociendo y explorando gracias a rastreos y selecciones de Andrés y Gise) escribió su sentipensar: “Sentí frio y el dolor es estar vivo” y leerlo me habló directo al corazón porque para mí el dolor acompaña lo que soy y es eso precisamente, lo que me ha ayudaba a cultivar empatía con esos pequeñitos de formas tan diversas y profundas.

Producto de estas prácticas y de esos tesoros que iban apareciendo, hicimos Haikus: una forma de poesía japonesa que nace de la observación detallada de elementos del paisaje natural que se expresan en tres versos. Pero los nuestros, a diferencia de los tradicionales, se escribieron a partir de la contemplación de nuestros paisajes interiores. En ellos, expresamos nuestro sentipensarregalo (–La forma en la que nuestros ancestros construían su sabiduría). Al escribirlos, ubicamos en el primer verso nuestros sentires, tanto físicos como emocionales. (Y como comúnmente estos aspectos no aparecen literalmente en los haikus, los significamos a través de colores, así: Amarillo: Felicidad – Azul: tristeza – Rojo: Enojo – Rosado: Amor – Verde: Calma – Negro: Miedo – Morado: Ansiedad – café: aburrimiento – Gris: nerviosismo). En el segundo verso aparece nuestro pensar: la asociación de recuerdos o vivencias específicas que evocan las emociones o sensaciones anteriores. El tercer verso contiene los regalos que solicitamos y que nos llegaron al corazón con mensajes polisémicos. Este fue mi paisaje interior y haiku:

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Espuma azul

Abertura profunda

Luminiscencia

 

 

Este es el de uno de los peques:

 

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Luz amarilla

Recordar lo vivido

Muerte, trofeo

 

 

Como les conté, para esto estuvimos inspirados en los libros álbum y en el LIJPE (Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Pereira), que este año fue sobre poesía infantil y al cuál Andrés y Gise (organizadores del evento) nos invitaron, posibilitando que los peques y yo, experimentáramos la alegría de conocer a –escritores de verdad, a quienes estábamos leyendo y en ese momento con quienes estábamos compartiendo. ¡Fue mágico y muy emocionante!

Este camino, nos ha permitido relacionarnos con el aprendizaje de formas diferentes y profundas. Hicimos amigos en colegios Privados, en universidades, en otros sitios: Caquetá, Atlanta Georgia-EEUU y República dominicana, quienes se han querido comunicar con nosotros para conocernos, para saber lo que hacemos. Nos hemos enviado videos, cartas, audios, fotos y visitado a quienes están cerca.

Qué loco que después de todas esas decisiones difíciles y llenas de miedo, al mismo tiempo haya sido muy bello dar ese paso hacia lo incierto, porque nos ha conectado con otras realidades, con otras personas, con el mundo y a mí con mi propio mundo para comprender esas creencias raíces de inseguridad e insuficiencia y ver que mi realidad me demuestra todo lo contrario: Soy un lugar seguro, de comprensión y confianza que ahora no sólo yo quiere seguir conociendo sino también muchos otros, grandes y pequeños. Y eso sin mencionar que tengo nuevos amigos maestros que a su vez traen más y somos La tribu del cacao: Muchas personas mágicas queriendo mirar adentro, sanar y compartir.

Este cambio de “Chip” ha venido acompañado de la manifestación de mi cuerpo de dolor: síntomas que cargaba desde antes pero que apenas ahora soy consciente: la tensión muscular que en la adolescencia se llamó neuralgia de Arnold, las defensas bajitas desde la niñez que hace que me den con facilidad infecciones y hongos en diferentes partes del cuerpo: Garganta y útero y que puedo verlas y reconocerlas en muchos momentos de mi vida, (–Sobre todo en donde he sentido más miedo, culpa y vergüenza) pero me adueño de ellos, porque me han convertido en lo que soy, honro que me hayan protegido de esa forma pero ya no necesito protegerme, quiero mantener el corazón abierto para seguir mirando profundo, sanarlo y ayudar a muchos a hacer lo mismo.

Ha sido una aventura inimaginable en la que voy teniéndome mucha paciencia porque sobre todo la ansiedad se ha vuelto a manifestar con fuerza, queriendo que todo sea de un tacazo, pero de una vuelvo a la respiración que no viaja a los trancazos ni a empujones sino fluida, tranquilamente. Elijo este lugar para seguir atenta, conocer, reconocer, trasformar y disfrutar cada paso.

Desde el fondo de mi corazón, quiero agradecerles a Andrés y a Gise por ser mis grandes maestros amigos, y aunque conocí a Keith, “Su maestro: el chamán del cacao” ellos, en su apartamento en todo el centro de la ciudad de Pereira, son el propio portal de conexiones. Gracias a ustedes, el panorama se ve y se siente más claro, porque recordamos que está hecho de inmensidad, de plenitud, de amor verdadero… Me siento muy honrada de haberme enamorado de ustedes y ahora poco a poco de mi misma y de la magia que realmente somos.