Por Mariana Piñeros

 

Del miedo en general sé una o dos cosas, heredadas de mis profes: que el miedo es un guía, que la energía del miedo es la misma energía de la emoción o entusiasmo filtrada a través de creencias limitantes, que el miedo es necesario y real, que el primer miedo limitante es el miedo al miedo, que no hay nada en el mundo que nos pueda hacer daño y mucho menos nuestras emociones.

O sea, en esos enunciados hay muchas cosas. Pero yo los leo, escucho y veo y me pregunto ¿qué hago con ellos? Y lo primero que me imagino es hacer lo que llevo mucho tiempo pensando hacer: darles una casa. Sí: darles una casa a esas ideas de mis shifus, para que crezcan en ellas. Y también darle una casa a mis miedos.

A ver:

¿Por qué hacerle una casa al miedo?

Para que crezca tranquilo. Para que sepa que estoy atenta y lo tengo en cuenta. Para que no pase frío cuando llueva mucho en mi corazón (si es un miedo al que le gusta el calor), o para que no sienta que se derrite cuando esté haciendo mucho sol (si es un miedo frío). Para que se sienta seguro. Para que pueda invitar a otros seres a conversar. Para que tenga un lugar para amar. Para que pueda estar solo cuando lo necesite. Para que pueda salir en exploraciones. Para que sepa que tiene un lugar en el mundo en el que nadie le va a pedir que sea diferente. Para contenerlo sin amarrarlo. Nota: Hacerle una casa al miedo a su medida/ Ampliar la noción de casa.

61520023_10157759332891320_8406888420193861632_nQuiero hacerle una casita a cada uno de mis miedos para ver con claridad el paisaje que llevo dentro y sea más parecido a un pesebre que a un contenedor que viene de China al Todo a 1000. Hacerles casitas a su medida, para prestarles atención (médica, espiritual, psicológica). Hacerles una casita en la que puedan crecer, mutar, cambiar, quitarse máscaras. Como dice Keith: Ascenderlos. Decirles a mis miedos, simbólicamente: Ya no son habitantes de la calle, este Estado, que soy yo misma, los ama. Una casa para que mi miedo no tenga que vivir debajo de los puentes y meter drogas y pedirle limosna a los otros habitantes de mi interior. Una casita digna. Justa. Una casita en la que no tienen que hacer nada que no sea ser ellos mismos. Una casita para que mis miedos no tengan que andar asustando y escondiéndose: una casita para que aprendan a ser horribles y estar orgullosos de eso. Una casita para verlos a los ojos, por fin, y recorrer las paredes y pasillos y techos y campos, para que me cuenten sus historias, de qué están hechos, cómo les podría ayudar.

“Ayudar” es una palabra que no me gusta, porque implica que hay una forma “mejor” de estar. Pero sí hay formas mejores de estar: con más y más apertura. A todo. Incluso estar más abierto a estar un poco más encerrado.

Por muchos años he ocultado mis miedos y me he encargado de hacer que la gente a mi alrededor no sienta los suyos. Ni sienta su rabia. Ni sienta su dolor. Hoy ya no quiero hacer eso. Quiero hacerle casitas a todas mis emociones, para que estén conmigo y conocerlas. Y quiero enseñarle a quienes quieran a hacer sus propias casitas. A pensar en la materialidad de las emociones. A hacer que la energía que movemos tenga un tótem/espacio que nos recuerde que ahí está o estuvo y ahora es otra cosa o es ella misma. Las palabras muy abstractas sobre las cosas nos permiten conectarnos con ellas como si fueran algo lejano e inaprensible. El arte, en cambio, hecho de palabras o imágenes, nos permite tener un conocimiento más claro de quienes somos y de las cosas que habitan en nuestro interior. El lenguaje simbólico, inevitablemente unido a la energía y la vibración de lo que contienen para nosotros, nos permiten caminar sabiendo mejor sobre qué estamos caminando.

Llegué a Escena Urbana en 2015 a clase de yoga y mindfulness sin saber muy bien de qué se trataba, pero tenía la intuición de que emocionalmente podría ser bueno para mí. Llevaba mucho tiempo pensando y sintiendo que, entre otras cosas no encajaba en ningún lugar.

Iniciábamos la práctica con el sonido de la campana invitándonos a cerrar los ojos, observar la respiración y nuestros pensamientos, continuábamos con el aprendizaje de asanas y finalmente la relajación guiada por Gise. A medida que avanzábamos los maestros compartían cada vez un poco más de las enseñanzas del maestro de meditación Thich Nhat Hanh.

Empecé a asistir a meditación los viernes y así durante el cierre de ese año tuve mi primer acercamiento con el cacao. Recuerdo el sabor amarguísimo y a continuación las palabras de Andrés invitándonos a agradecer por el cacao describiendo de la manera más bonita y amable el recorrido desde su siembra hasta llegar a nuestro corazón.

De ese primer año en EU me quedó el recuerdo de dos maestros gracias a quienes me acerqué de una manera muy amorosa al Mindfulness, que me enseñaron a ser paciente con mi cuerpo y con mi mente, y que siempre puedo regresar a mi respiración.

En 2018 después de casi dos años y medio regresé. Había empezado terapia psicológica pues durante el tiempo que no estuve en Escena Urbana viví situaciones que me movieron de forma tal que sin tratarse de lo que se trataba me han traído a un momento de mi vida que no sé cómo llamar pero que me resulta un poco privilegiado.

Me gradué de la universidad. No encontraba trabajo. Estaba en una relación de dependencia emocional. Resultado: síndrome de colon irritable. Final de la relación (un poco dramático). Me dediqué a estudiar inglés y llegó el trabajo que me sacó de la comodidad que me brinda vivir en un mundito, en mi burbuja de aislamiento. Ahora puedo decir que fueron meses desafiantes, que todo lo vivido me puso frente a frente con lo que he llevado dentro y seguramente no quería ver: el baile de la resistencia, miedos que se cumplieron, espejos por todas partes, mucha densidad y, gracias a todo esto reuní la valentía suficiente para enfrentarme a mí misma decir “¡NO MÁS! No aguanto, no es esto lo que quiero, me voy”

Entonces regresé a mi casa, empecé terapia y quise volver a practicar yoga. Fue así como pensando que me había inscrito para yoga llegué un día a clase de meditación. Es de las cosas por las que estoy profundamente agradecida con la vida.

65385465_1335661993256011_6101346608446701568_oPor esos días me pasó lo que a veces llamo “despertar”, que fue hacerme consciente de uno de mis programas subconscientes, uno muy fuerte y doloroso, y a partir del cual empecé mi viaje con la ira. Detrás de la ira encontré en ese momento el miedo y la inseguridad.

Al principio en meditación me preocupaba pensando que si expresaba toda esa ira podría perturbar la práctica de mis compañeros, entonces fui comprendiendo la importancia de la disposición para estar presentes y co-crear un espacio seguro que entre todos sostenemos, en el que no estamos para juzgar y donde compartimos desde el corazón. Meditar en grupo me ayuda a ampliar mi visión, a conectar con mis compañeros y de esa manera también conmigo.

Este año he estado mucho más conectada con el cacao y la meditación porque además del grupo de meditación empecé a tener sesiones privadas casi semanalmente, y he participado en algunas ceremonias grupales, asistí al LIJPE y estuve en el taller el Despertar del Jaguar. Mejor dicho, este año no me he perdido ninguna de las actividades que Andrés y Gise han ofrecido.

En el proceso me encuentro con mi niña interior, disfruto muchísimo de la terapia con sonido y especialmente de mi conexión con el tambor. Voy reconociendo más programas subconscientes, así me doy cuenta de que he vivido muy bien el papel de víctima, a lo que al principio reaccionaba con muchísima ira. Aprendí que valgo porque soy, y así que hay definiciones que se van ampliando y van llegando diferentes situaciones, recuerdos y emociones que necesitan ser vistos y escuchados.

Justo aquí el cacao ha jugado un papel muy importante que a veces pasaba por alto, y es que me ayuda a enraízarme, a estar presente y crear tanto espacio como necesite en mi interior permitiéndome observar mis emociones sin que eso me destruya, en su lugar y con visión amplia encontrar cual es la enseñanza que me traen, comprender por qué decidí vivir determinadas situaciones.

Integrando todo lo que estoy viviendo y aprendiendo (por medio de canalización energética, aprendiendo de chakras y energía de no reparación) me he dado cuenta cómo ahora me trato con compasión y paciencia, cómo el juzgar, juzgarme, la queja y la comparación han disminuido y voy asumiéndome. Sé que todo esto lo estoy logrando con la ayuda del cacao, de mis maestros y mi valentía, por eso hoy tengo el corazón abierto, siento que pertenezco a una tribu en la que ser yo misma es lo más natural, en la que no hay temor a brillar y a la que quiero mucho.

Este está siendo mi viaje de autoconocimiento en el que se reafirma lo que aprendí el primer año en EU, que siempre puedo regresar a mi respiración.

Gracias infinitas Andrés y Gise por tantos espacios, por el amor que ponen en todo lo que hacen y comparten con nosotros.

 

Por Yeimi Carolina García*

 

Medité y logré por fin ver… fue un despertar de mi ser.

Enfocada, atenta y ágil… liberé a mi mente racional y me dejé llevar.

El cacao abrió un torrente de luz en mi corazón,

Ante mí… apareció un jaguar, me asustó el sentirlo más real que lo real.

Me llevó a hacer un recorrido por mi pasado…

Una niña escondida, sin voz, atrapada por las miradas que juzgan de los adultos… queriendo ser invisible.

Sola… me sentía sola. Una niña muy callada, temerosa, triste y con ira.

Ira por salir corriendo de mi tierra con mi familia, perderlo todo…

olor a sangre, desorientación, sin hogar…

Me acerqué, la abracé y lloramos… al fin me vi directo a los ojos, pude reconocer de dónde surgía tanto dolor.

Nuestros cuerpos se llenaron de rosas color rosa pastel,

Un árbol inmenso surgió de ese abrazo… en mí algo inexplicable sucedió.

 Ya no era invisible ni muda.

Ahora canto y digo lo que pienso.

Sonó la campana… era el momento de volver a la realidad, abrir los ojos…

 Mi cuerpo se sentía liviano

Y después solo fue magia, mi realidad en pocos días empezó a cambiar

al amarme, todo en mi vida pasó a ser más bonito.

Mi niña ahora corre por los prados, libre.

 

Este es un Fragmento de lo vivido en el taller “El Despertar del Jaguar”, el cual es reflejo del proceso interno que viví gracias a esta experiencia. Medito semanalmente en el espacio de paz y tranquilidad que ofrecen Andrés y Gisela, un lugar de apertura, sonrisas desde el corazón y mucha alegría. A quienes agradezco por sus enseñanzas, me siento muy feliz por tener el poder de expresar quien soy.

Los invito a meditar, les puedo decir que al principio es muy loca la experiencia pero poco a poco entiendes que era algo que necesitabas hacer desde hace mucho tiempo para vivir en paz contigo mismo y los seres maravillosos que te rodean.

 

*Yeimy es psicóloga. Asiste a nuestros grupos de meditación y ceremonias de cacao desde hace aproximadamente un año, cuando inicó su proceso en la edición 2018 de los talleres de EL Arte de Respirar. Este texto tiene su origen en su participación en el taller “El Despertar del Jaguar”, que realizamos el año 2019 con el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia y la Secretaría de Cultura de Pereira. A continuación compartimos un extracto adicional de su experiencia en este taller:

 

DSC_0413“Inicié este proceso llena de incredulidad y miedo. Conocerse a uno mismo – conectar con los sentimientos más reprimidos eso es complejo. Pero aprendí gracias a los talleres,las meditaciones y la interacción con el grupo que ese conectar con mi interior y con mi corazón es algo que había necesitado toda mi vida. En ese conectar encontré a un ser maravilloso lleno de luz y amor. Yo misma. Ahora me siento más segura, más alegre y más feliz, y eso se ha manifestado de muchas maneras en mi realidad, en mi trabajo, en mi hogar , en mi relación con los otros. Ahora he despertado mi jaguar, siempre estuvo conmigo pero ahora lo reconozco. Estoy llena de poder y amor para manifestar en el mundo y en mi corazón todo lo que soy”.

 

 

Por Mariana Piñeros 

He intentado escribir este texto de un montón de formas artificiales para que no sea tan cursi. Para no decir: Esto me cambió la vida, no tengo cómo agradecerles a mis tíos por todo lo que hacen y han hecho por mí, me siento una persona increíblemente afortunada por tenerlos cerca, por haber llegado al cacao y a sus profes mágicos, a los amigos que he hecho, a la novedosísima sensación de pertenencia y tribu, a la conexión actualizada y avivada con todo: la naturaleza, las emociones, las dimensiones paralelas, ¡todo!…  Pero no hay otra forma de hacerlo. Eso es lo que siento. Si paro un momento y pienso en todas las cosas que he vivido en estos años, solo puedo sonreír y sentirme afortunada y agradecida por haber llegado a la casita de los tíos (EU yoga, Espíritu Cacao, como le quieran decir), y por seguir volviendo cada vez que puedo. 

El otro día, mientras hablábamos con Keith por Skype, él nos pidió que conectáramos con la energía del espacio físico de la casita, con su entidad vibracional. Y fue muy hermoso. En mi mente repasé todo lo que compone el espacio: las plantas de la entrada, el estante para los zapatos, el umbral de la puerta que uno cruza y empieza a respirar más suave, el olor a salvia o copal o palo santo, el cuadro de “He llegado, estoy en casa”, las esculturas de buditas y ganeshas, la cómoda que estaba en el cuarto de la abuela, el concierto de campanas que sale del equipo de sonido, el olor de los tapetes de yoga distribuidos por bloques de color, el tejido de elefante colgado en la pared, los gatos, los cojines de arroz, las cobijitas dobladas, el baño con jabón de naranja y ambientador de canela, los vasos verdes, las cucharas, el ají, la canela, ¡el altar!: las plantas y flores y estatuas del Cacao Deva, el llamador del bisonte volador, la velita, los tambores, los cuencos, la cortina con caracteres chinos, la luz cálida, la presencia de Andrés antes de empezar cuando tiene los ojos cerrados, las palmas de las manos hacia arriba, está sentado en medio loto y sonríe cuando siente que alguien llega, y la presencia de Gise cuando mira de reojo desde la puerta de la cocina, cuenta cuántas personas faltan por tener cacao, se devuelve silenciosa, bate algo, libera el olor a cacao tibio, recién hecho, y sale para dejarlos en el centro del salón. El espíritu de la casita de los tíos es cálido, sagrado sin ser pretencioso, y reparador. Yo lo sentía desde antes de ir a sus ceremonias. Y ahora lo siento como parte de mi corazón. 

65428221_1335632833258927_8878921784338939904_nMuchas veces, mientras medito, vuelvo a él: incluso visualizándolo, me siento segura y acompañada. Otras veces, partes de su espacio físico aparecen como invitados o representantes a distintas meditaciones: la estatua del Cacao Deva se asoma para decorar la casa de un miedo o de repente hay tapetes de yoga en bloques de colores en la mitad del bosque o Andrés y Gise llegan a acompañarme en un sendero difícil. La casita como espacio y todo lo que la conforma se ha vuelto fundamental en mi vida y cada vez que lo recuerdo siento un susurro en el corazón que me dice que hay un lugar del mundo al que pertenezco, en el que puedo ser yo misma junto a gente que me quiere incondicionalmente, en el que mis sentimientos son guías y no problemas, los síntomas físicos son la señal bajo la cual se esconde un tesoro, y hay un montón de gente mágica esperando con paciencia y emoción a que sea cada vez más… más yo. 

Y ese “más yo” a veces parece un concepto abstracto, pero siempre que veo un recuerdo de Facebook o me autostalkeo me resulta más claro: Cada vez soy más yo. Ahora, por ejemplo, me puedo permitir estar abierta y profundamente agradecida. Todo este camino me ha ayudado a abrir espacio en mi vida para cosas que nunca esperé experimentar. Ahora la felicidad, el agradecimiento y el amor son tan comunes como la tristeza, la rabia y el no propósito. Y yo no sé cómo más decirlo: Esto me ha cambiado la vida. Siento que me veo diferente por dentro y por fuera. Siento que me siento diferente. En estos años, con una mezcla de tiempo, terquedad y ayuda, he logrado cambiar cosas que pensé que eran intrínsecas a mi personalidad. Por primera vez en años tengo sueño antes de las 4 a.m., no siento un miedo excesivo y paralizante antes de salir de mi casa, tengo relaciones profundas y alentadoras con otros seres humanos, y me parece que hay esperanza en el mundo: que el futuro es algo más que un paisaje negro que se extiende en todas las direcciones. 

Por supuesto, eso no ha pasado solo yendo a respirar mientras veo las flores y la belleza de la casita. O sea: no ha pasado como muchos de nosotros creemos que funciona la meditación. Ha sido un trabajo intenso, en el que he tenido que aprender a relajarme, ver los múltiples lados de una misma historia (mi historia), reconocer mi responsabilidad sobre mi dolor, aceptar que mantengo relaciones complejas porque me parece más cómodo sostenerlas que cambiarlas, admitir todas las cosas que viví en mi infancia que me hicieron creer que había algo intrínsecamente malo en mí, revivir con intensidad los sentimientos de desolación, desesperanza, vergüenza, y humillación, y… Mejor dicho, en este tiempo, para poderme volver a conectar con el propósito de la vida he tenido que explorar a profundidad todo el sinsentido; para conectarme con la alegría he tenido que ver de frente mi sufrimiento; y para sentir otra vez amor he tenido que admitir que en mi interior viven sensaciones totalmente opuestas. 

¿Y cómo he hecho eso sin volverme loca/renunciar/paralizarme? Con paciencia e intensidad, amigos, cacao, profes maravillosos, la ayuda de la naturaleza, los sueños y el arte; viviendo con atención; escuchándome con cuidado y apertura; aceptando que estoy en un proceso y puedo ser amable conmigo misma y que cuando no puedo ser amable tampoco pasa nada; tomando conciencia de lo que hace el paso del tiempo en el corazón y el cuerpo; entrando en contacto con mi propia magia; reconociendo que puedo cambiar las creencias que tengo sobre mí misma y sobre mi dolor; respirando: Yendo a la casita de los tíos y haciendo de ese espacio/vórtice algo que también habita en mí. En estos años me he hecho una casita en el interior que también tiene plantas y altares y amigos y es segura.

No es un proceso terminado. Todavía tengo muchas preguntas. Hago muchas cosas de las cuales no me siento orgullosa y tengo sentimientos complejos que no entiendo. Pero pienso en lo que he hecho en este tiempo y la sensación que aparece es la misma: agradecimiento. Y con ella una lucecita en los ojos que me avisa que el futuro, como sea que se presente, solo puede traer más de lo que he estado cultivando: flexibilidad, fuerza, apertura, energía, conexión. Qué loco, ¿no? Hace un par de años jamás hubiese podido haber dicho eso, sin que fuera en chiste. Hace algunos años esos sentimientos me parecían lejanos y ajenos. Cuando veía las fotos de Andrés y Gise tomando cacao, y los veía después en las reuniones familiares siendo personas diferentes, luminosas, me decía: Ojalá algún día pueda sentir esas mismas cosas, ojalá algún día pueda cambiar como ellos lo hicieron. Pero no me lo creía. En el fondo, sentía que no me lo merecía. Y hoy, como casi todos los días, me alegra mucho haber dado ese paso en el vacío,… bueno, ese primer paso después del umbral de la puerta de mis tíos, que es una de las puertas más mágicas de Pereira y el mundo. 

¡GRACIAS!, y perdón por ser tan cursi. (Me encanta).

Por Melissa Toro*

Me siento infinitamente agradecida por llegar a este lugar, un espacio donde Andrés y Gise te reciben con todo el amor y la buena energía del mundo. Hace más de un año inicié mis meditaciones con ellos, el día que me di cuenta sobre las clases fue una casualidad, honestamente tenía un poco de miedo pues las cosas que quería sanar eran cosas que no me atrevía observar.

Los primeros días recuerdo las clases mirando hacia el tablero y escribiendo en mi cuaderno las explicaciones, ejemplos y dibujos de Andrés. Todo me parecía tan sincrónico y tan mágico, las personas que empecé a conocer, llegar a un lugar seguro donde me siento escuchada. Empezar a respirar de manera consciente me dio la oportunidad de encontrarme conmigo misma en diferentes tiempos y momentos de mi vida que ya casi no recordaba.

Observar mis emociones con la comprensión de que son todas pasajeras es la práctica que más llevo conmigo, me he visto en tantos momentos tratando de evadirlas y dejar como antes las cosas para después, pero honestamente desde que conocí este lugar ya no es tan fácil evadir, todo lo contrario, el cuerpo te habla y te muestra que necesitas detenerte y escuchar.

La maravillosa experiencia de respirar y permitirnos estar en el momento presente es sin duda la sensación más mágica. Te facilita a través de las meditaciones guiadas entrar a lugares de nuestra vida que nos muestran de manera más clara las emociones y a su vez nos permiten comprenderlas y sanarlas.

La vida sigue pasando, nada se detiene para que te des el espacio de meditar, pero entiendes al abrir los ojos que no tienes que pensar como los demás, que mi forma de ver y sentir puede ser diferente, que puedo compartir con todos y con todo lo que amo. Sé que el cambio no ocurre de un momento a otro, pero la práctica con el tiempo facilita tus procesos y te ayuda a ser más abierta al cambio y a fluir con la vida.

Durante este tiempo he podido reconocer la niña y el ser futuro que habita en mí, darme la oportunidad de recibir los regalos que me traen esos encuentros, darme el permiso de sentir todas las emociones entendiendo que son pasajeras, saberme tener paciencia y hablarme con amor.

En EU aprendí a volver a mí, a despertar mi Jaguar, entenderme, respirar en conciencia, cantar al ritmo del tambor, meditar caminando, volver a mi creatividad, abrir mi corazón, hacer amigos maravillosos, conocer la medicina amorosa del cacao, perdonarme, escuchar a los demás, soltar pequeños contratos, despertar mi intuición y podría continuar, pero para ser más breve me he dado permiso de disfrutar del momento presente.

Llegar a la casa de Andrés y Gise es felicidad.

Tambien les comparto un dibujo de lo que siento cuando los escucho cantar.

 

Web

 

 

*Melissa es fotógrafa. Asiste a nuestros grupos de meditación y ceremonias de cacao desde hace aproximadamente dos años. Este texto tiene su origen en su participación en el taller “El Despertar del Jaguar”, que realizamos el año 2019 con el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia y la Secretaría de Cultura de Pereira.

Por Érika Bedoya*

Mi Yo pasado (delgada, sonriente, de pelo largo y liso, sin cicatrices y con los dientes chuecos) me sonríe, me toma de la mano y reiniciamos un sendero que siempre me dio miedo observar; mi Yo futuro (con una que otra arruga, una sonrisa sincera, el pelo corto, los ojos llenos de luz, varias cicatrices que no duelen y los dientes en perfecto estado) sonríe, me brinda su mano, y me muestra la confianza que siempre tuve miedo de sentir. Allí estamos las tres, al pie de un gran roble, sentadas en una piedra enorme que nos permite observar un horizonte lleno de verde y más allá el azul del mar. Mi Yo futuro me mira a los ojos con una bondad infinita:

-Qué valiente has sido.

Con una lagrima que no tiene miedo a salir, la observo con el amor con el que nunca antes había visto a alguien, entonces experimento una tranquilidad profunda que me permite mirar a los ojos a mi Yo pasado, la niña me esquiva la mirada, yo la observo:

-Todo va a estar bien, aquí estoy para acompañarte.

La niña llora mientras se lanza a abrazarme y yo experimento nuevamente ese amor infinito.

Web

Andrés y Gisela en Ceremonia de Cacao.

Mi Yo pasado y mi Yo futuro se transforman en una gran bola de luz azul de la que emerge un gran jaguar con manchas celestes. Mi corazón empieza a latir con fuerza, mis manos se ponen frías pero no quiero alejarme de aquel ser que con su presencia me asusta y reconforta al mismo tiempo. Se posa a mi lado y yo me siento protegida.

-Soy todos tus ancestros, soy tu mayor miedo y tristeza, soy tu poder y tu fuerza, soy tu amor y tu luz, soy todo eso que has guardado más de quinientos años en tu interior, hoy voy a rugir, voy a rugir tan fuerte que tu madre, tu abuela y todos tus ancestros sentirán que ya no tienen que callar más, que no hay límites y que su fuerza nunca se ha extinguido.

Un abrazo hace que nos transformemos en un solo ser.

Sé que estás ahí jaguar, sé que soy tu fuerza, tu poder, tu amor y tu luz. Sé que soy yo quien elige y que el otro es una distracción fácil cuando no quiero mirar algo en mi interior. Gota a gota he encontrado ríos fluyendo que vienen en forma de alegrías, amores, amigos y espacios. Hoy sé que soy todos mis ancestros, soy la naturaleza que me rodea, soy el jaguar que sabe cuándo saltar, soy todo lo que he elegido construir y seguiré construyendo constantemente con la ayuda del cacao, un maestro amoroso, tranquilo, en el que encuentro plantas, nubes, soles, ríos y todo de lo que está hecho cada gota de esta medicina ancestral que me conecta con el resplandor de mi corazón.

*Érika es psicóloga. Asiste a nuestros grupos de meditación y ceremonias de cacao desde hace aproximadamente dos años. Este texto tiene su origen en su participación en el taller “El Despertar del Jaguar”, que realizamos el año 2019 co0n el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia y la Secretaría de Cultura de Pereira.

Por Nathaly Osorio Ríos

 

Dije en mi cabeza, a manera de instrucción de dictado: “voy a empezar por describir lo que siento”. Inmediatamente me surgieron unas ganas incontenibles de llorar que, paradójicamente, se convirtieron en risa por lo lóquico* del asunto. Ahora estoy riendo con algunas lágrimas en los ojos.

Siento excitación, alegría, tristeza y un poco de miedo por empezar a escribir. Andrés me ha pedido hace unas semanas que escriba sobre mi experiencia con el cacao y el mindfulness y me he sentido abrumada, no me han salido las palabras que sienta genuinas. Hace unas horas tomé cacao, luego hice un ejercicio de meditación en movimiento que removió mi ser como una licuadora y acabo de leer el respectivo artículo de Lina sobre su experiencia con Andrés y Gise. Después de todo esto, y con la energía de la luna llena a medianoche, siento que el momento de escribir ha llegado para mí. Y como no sé cómo más iniciar esto, pues inicié así, contando lo que está pasando en mí y ya, como una meditación escribiendo.

Conocí a Gise y Andrés hace casi cuatro años cuando decidí tomar un curso de un mes de yoga. Pasó mucha agua bajo el puente -y dentro de mi ser, y no volví a encontrarme con ellos sino hasta dos años después, cuando estaban en la socialización de su proyecto “Sonríe y Respira” realizado en colegios. Para ese momento, llevaba un tiempo queriendo volver a clases de yoga con ellos, pero las condiciones no se habían dado. Simultáneamente, estaban ocurriendo toda clase de cuestionamientos en mi vida que auguraban rupturas epistemológicas y relacionales. Una sola analogía de esa presentación bastó para resonar en mí, e iba más o menos así:

“Para hacer el proyecto en colegios, elegimos el camino de menor resistencia, porque somos como gotitas de agua en un río. Si hay una piedra en el río, la gotita no la golpea hasta romperla y atravesarla, simplemente la rodea y sigue su curso en el río haciendo su parte: ser una gotita de agua en el río”.

Aunque no continué en un contacto cercano con ellos, esas palabras se quedaron en mí y empezaron a hacer grandes cambios. Asimismo, nutrieron mi práctica de meditación y yoga, que había empezado a explorar por mi propia cuenta.

Hagamos un salto al 2018. Estaba en mi segundo trabajo luego de haberme graduado como psicóloga y había visto que Andrés y Gise habían abierto una convocatoria para el taller de mindfulness “Respira y Sonríe”, dirigido a personas que trabajasen con niñas y niños. Me pareció muy apropiado hacer parte del taller, pero realmente estaba dejando pasar la convocatoria, hasta que mi amiga y colega me pasó el link y me dijo que nos inscribiéramos. De nuevo, muy lóquicamente, yo pasé y ella no.

Desde que les había conocido a finales de 2015, hasta agosto de 2018 que empezó el taller, había pasado por periodos de profunda tristeza, desesperación y desesperanza, había escondido todo eso tras máscaras de alegría o rabia según el contexto, había empezado un proceso de terapia psicológica porque una noche me asustaron demasiado mis pensamientos, había mejorado un poco y abandonado la terapia, habían sucedido cambios paradigmáticos en mi cosmovisión, había iniciado un proceso autodidacta de conocerme y observarme a través de la escritura, la ilustración, el yoga y la meditación y había logrado empezar a ver la luz de la esperanza. Así que cuando inicié el taller, digamos que me sentía bien, mucho mejor de lo que me había sentido ya en un largo rato, y creía que iba a aprender a meditar y a trabajar mejor con infancia.

¡Qué sorpresa! ¡Y qué viaje! No tenía idea de en qué me estaba inscribiendo -y no hablo solamente del taller. Ese primer espacio se sintió bastante bien: aprendí a aceptar las emociones que creía negativas, aprendí que meditar es mucho más de lo que pensaba y pude observar la relación sentimental en la que estaba en ese momento y su final sin drama, sino conscientemente. Hasta ahí, todo suena maravilloso, y hasta podría ser el final de este texto, pero (acá viene el ¡PLOT TWIST!) la aventura, la verdadera aventura estaba apenas empezando.

Mi conexión espiritual se fue afianzando durante lo que quedaba del 2018 y mi intención el día de mi cumpleaños para el nuevo año de vida que empezaba (que coincide bastante con el año calendario) fue que este sería el mejor año de mi vida hasta el momento, el año en el que conectaría con mi poder y mi propósito. Bueno, lectores, cuidado con lo que desean…

Este año no ha sido exactamente como lo imaginaba, pero estoy segura de que está siendo como debe ser. A veces, mi mente racional desespera y me envía rayos de inseguridad, pero estoy volviéndome cada vez más experta en saber qué hacer con ellos. Por varias vicisitudes, empecé un proceso continuo y personal con Andrés y Gise de mindfulness y sanación con cacao. Este ha sido una montaña rusa grandiosamente enriquecedora sostenida en un espacio seguro y amoroso.

He manifestado una realidad bastante particular este año, en la cual no he tenido un trabajo como psicóloga ni he tenido una fuente estable de ingresos. Por otro lado, ha sido un año de conocer personas maravillosas, hacer amistades mágicas, abrir mi mente a experiencias y conocimientos que en otro tiempo rechacé, crear mucho en diferentes ámbitos y abrir mi corazón a sentir TODO lo que deba sentir. Definitivamente, ha sido una espiral hacia mi interior ¡que flipas! He conocido las heridas y la magia de mi niña interior. Me he enfrentado con algunas de mis creencias limitantes nucleares y eso no se siente muy cómodo. He redescubierto parte de mi poder (aún voy por más) y he reivindicado mi arte, aprendiendo que es muy valioso.

higher self

Visualización durante una meditación en ceremonia de cacao del 07 de agosto de 2019 dentro del taller “El Despertar del Jaguar”

Todo el viaje del 2019 me ha mostrado con lupa partes de mi mundo interior y ha removido cosas que creía tener resueltas contundentemente (parte de lo que mencionaba unos párrafos más arriba y cosas mucho más viejas también). Por un tiempo, creí que había fracasado en mi proceso, que no había aprendido nada y que solo estaba en un rincón de impotencia y autocompasión. Afortunadamente (pero de forma nada azarosa), el taller de este año de Andrés y Gise “El Despertar del Jaguar”, me mostró que este sentimiento también es parte del proceso y que lo mejor que puedo hacer es confiar y ver esas partes de mí que no me gustan tanto como regalos o mensajes y no como enemigos. Así, mi posición es la de mi propia maestra, y no la de víctima o luchadora en una contienda interna.

Hay tanto por entrar en detalle: las maravillosas e inéditas sensaciones en las ceremonias de cacao, las visualizaciones casi alucinantes en las meditaciones, las sincronías tan ridículamente acertadas en la vida cotidiana, los momentos de amistad y sanación con mis maestros -que se han vuelto mis amigos, y con nuevos amigos. Pero solo alargaría más esta lectura y realmente son detalles ornamentales (de todas formas, agrego una ilustración que ofrece un vistazo a esto). La esencia de lo que ha sido mi experiencia es la siguiente: desde que he empezado mi proceso con Andrés y Gise, he aprendido a ser mi propia maestra y me he quitado capas tras capas que esconden mi verdadero ser. Ahora existo con más contundencia y amor en el mundo.

¡Ah! Por cierto, ahora siento un estado de tranquilidad y satisfacción, siento que estas letras sí son las indicadas. El latido del corazón nunca falla.

*Lóquico: Palabra acuñada por Andrés y Gise para definir una situación que parece inverosímil o ilógica a la mente racional, pero que tiene motivos bastante claros para nuestro ser.

Por Lina Vanessa Palacio Marín

 

Mientras lavaba con Mariana, los vasos del cacao que nos tomamos en la clase de meditación, Andrés me pidió el favor de escribir sobre mi experiencia en estas prácticas y sonreí, el corazón se me aceleró y como ahora, este túm-túm se hace muy fuerte porque voy a escribir sobre lo que ha sido encontrarme (hace tres años y medio) con ellos: con Andrés y con Gisela, mis grandes maestros amigos, y por supuesto, conmigo misma.

Recuerdo que la primera vez que los vi, fue en una institución educativa donde trabajaba como docente para maestros en formación, ellos estaban ofreciendo un taller de yoga con literatura para niños. Fue maravilloso ver como esos pequeñitos de todas las edades, estaban plenamente atentos, escuchando y moviéndose al ritmo de un texto cargado de imágenes, sonidos e invitaciones a respirar sintiendo el cuerpo. Desde ese momento, me enamoré de ellos, de su magia cargada de sabiduría y del reflejo vivencial de una mezcla de teorías que me habían llamado la atención desde discursos o textos, pero que en ese momento estaban allí, en sus propuestas, convertidas en sonrisas de colores.

Cuando terminaron el taller, comentaron que ofrecían clases de yoga, meditación y charlas sobre el libro álbum… Y desde ahí, me conecté con ellos. Empecé muy juiciosa, entusiasmada y algo asustada a querer saber de mí, de mi cuerpo con todas sus sensaciones y de lo que había en mi interior y en mi cabeza; me dije a mi misma –Por fin voy a aprender a escuchar esas vocecitas que me hacen hablar sola, casi que sin parar y que muchas veces me aturden por todo lo que mencionan, haciéndome salir corriendo a ocuparme en muchas cosas. Y pues vaya aventura inimaginable la que empecé junto a ellos acerca de mí.

Fue así como en las primeras clases de yoga y Mindfulness: atención plena, me permití detenerme y sentir de forma consciente el cuerpo. Estaba tan, tan cansada… Y abrir espacio en los músculos a través de movimientos y respiraciones fue un gran ¡Aaaahh! que junto con las referencias y prácticas amorosas de “Tay” (Thich Nhat Hanh, nuestro maestro de meditación) empecé a escucharme y conocerme desde aspectos tan sencillos como identificar las actividades que en mi vida me hacían sentir felicidad “las semillas de felicidad”; empecé a percatarme de mi propia respiración, de la longitud de la inhalación y la exhalación (es más larga mi exhalación), de las sensaciones del aire en la piel, de la textura de la ropa, de la temperatura, de mi clima interior que muchas veces se sincronizaba con el exterior, de las flores y hojas de la naturaleza, de la variedad de cantos de los pájaros, del cielo azul tan idéntico al del mar y la sensación de ambos: inmensidad. Y los ojos… Wow, la cantidad de formas, colores, tonos de café que se mezclaban con las sonrisas o caras largas de quienes me rodeaban. Empecé a redescubrir el mundo como antes, con asombro y alegría, así como cuando era niña.

Todas estas conexiones hicieron que me empezara a relacionar de forma distinta con mí realidad, con menos prisa y como alguna vez me dijo mi hermana, “paré de correr”, ya no tenía tanto afán… Me estaba desaturdiendo de esas vocecitas parlanchinas en mi cabeza y no estaba saliendo a correr a ocuparme de muchas cosas, porque ya estaba ocupada: estaba sintiendo con mayor intensidad.

Y cómo no querer compartir semejante regalo con quienes me rodeaban, además de hablarles a todos de estos y otros descubrimientos y tratar de enseñárselos, me apunté a cuánto evento sacaba EU-Yoga e inscribí a los grupos con quienes trabajaba para clases de meditación y movimiento consciente. Para ellos, (jóvenes y adultos) también fue una experiencia muy hermosa, llena de espacio para ser y sentir en medio del agite de la vida escolar.

Estas prácticas se fueron profundizando con “Ceremonias de Cacao” –Amo nuestra herencia ancestral. y otra vez, ellos, me conectaron con esta resonancia de mi interior. En mis estudios en la universidad había escuchado sobre saberes ancestrales, plantas medicina y ceremonias de diversos tipos, pero no sobre el cacao, ni que era la planta del corazón, –dizque del corazón, ese motorcito que había en mi interior y que sin duda alguna quería escuchar, conocer, abrirle un rotico y mirar adentro. Recuerdo que en mi primera ceremonia de cacao tenía la intención de sanar mi primera relación amorosa y amarme verdaderamente. Lo primero que ocurrió fue muy bello, porque tan sólo con oler el chocolate, se me aflojaron algunas lágrimas –quizás esa sabiduría de más adentro sabía que me conectaría con el dulce pero también con el amargo de mi vida: con todo lo necesario para abrir el corazón y amarme de verdad.

De ahí en adelante continué en clases de meditación y ceremonias de cacao en donde se empezó a abrir ese rotico que quería para ver dentro del corazón: allí, en esos encuentros descubrí la sonrisa de mi corazón que se ve como la sonrisa de mi niña interior de un año y se siente como una suave pero poderosa luz de tranquilidad que se expande en cada célula del cuerpo, creando espacio; también me hice un lugar seguro (–que por cierto es cambiante, a veces es un lugar en la naturaleza, otras la playa, una casita en el bosque o el espacio estelar) en donde podía sentir profundamente mi cuerpo, las emociones y conocer los pensamientos que las desencadenaban.

Andrés y Gise me ofrecieron sin condiciones (y aún lo hacen) un lugar seguro en su hogar, –les confieso que es uno de mis lugares favoritos en el mundo, en donde se puede ser uno mismo, sentir las emociones (agradables o desagradables) y observarlas sin juicio, abrazándolas para recibir sus mensajes que pueden venir en forma de pensamientos, recuerdos de infancia, síntomas en el cuerpos, imágenes o símbolos.

Con estos espacios me fui quitando máscaras, pensaba que era una persona feliz, (–feliz pero ansiosa y adicta a quitarme cualquier síntoma del cuerpo con medicamentos). Honestamente y ahora apenas lo veo, tenía la máscara de la felicidad que ocultaba todo el miedo a sentir la tristeza que habitaba en mi interior. Poco a poco me permití sentir la tristeza; recuerdo que la describía como un remolino frio en el corazón que me deja sin fuerza, esta sensación se mezclaba con taquicardias que parecían ancharme bruscamente el corazón, a esto lo reconocía como miedo. Y me cuestionaba un montón ¿miedo a qué o a quién, por qué había un mar de tristeza contenido en lágrimas que no sabía llorar? Aún no lograba aclararlo y practicaba lo que sabía, conectarme de nuevo con la respiración, ese calorcito suave que, siguiéndola, dibujaba una leve sonrisa de confianza en mí ser.

Con las prácticas me permití aclarar un poco ese mar incontenible de tristeza del que tanto huía ansiosamente. Andrés y Gise estuvieron de nuevo ahí (con paciencia y amor) ofreciendo más y más espacios en los que, junto con el cacao y meditaciones guiadas, yo misma me daba cuenta de mis creencias raíces, de que había aprehendido que la tristeza y la depresión (–presente en las patologías de mi hogar) no podía permitirme sentirlas porque yo tenía que ser más fuerte y además eran una enfermedad, algo indeseable e incurable. Y sí estaba triste y sin fuerza, ¿quién iba a soportar la tristeza y enfermedad que había en mi hogar?

Darle voz a eso que no quería nombrar y reconocer que no sentía a mi propio hogar como un territorio seguro porque representaba para mí un lugar de dolor y enfermedad, me conectó con la culpa y la vergüenza por estar siendo malagradecida y con la ira de no querer aceptarlo. De nuevo, Andrés y Gise estuvieron allí para darle espacio a estas emociones y ayudar a mover esa energía, ampliando el panorama de comprensión.

Reconocer que gracias a las enfermedades en mi familia habían llegado regalos como nuevas formas de relacionarnos: más unidos, y que yo no tenía la responsabilidad ni la culpa de lo que ocurría y que todas estas manifestaciones crónicas e “incurables” no eran más que el rechazo del propio poder, de la resistencia al encuentro con quienes realmente somos, me llevó a tomar decisiones como independizarme de nuevo, devolverles el poder de actuar frente a las circunstancias que ellos mismos habían elegido, dejarles de recriminar por sus conductas adictivas (cigarrillo, licor, medicamentos…) y empecé a ocuparme de mi: de la alimentación (no sólo en la comida, sino también de lo que veía, escuchaba, con quienes me relacionaba y de lo que estaba haciendo en mi vida para cultivar bienestar.

Estando en esto, también me di cuenta de que me estaba desgastando en el trabajo, empujando procesos ante directivas y estructuras inflexibles. Estaba tan cansada y triste sosteniendo eso que decidí cambiar de lugar de trabajo –Eso sí que fue loco, porque ese lugar donde estaba me había formado y estar ahí fue un sueño de niña: “Ser profe de profes”, y ¿cómo dejar sin pena un lugar que me había ofrecido refugio y aprendizajes? Sentí que se me rasgaba la piel y el corazón y digo loco porque era algo así como dejar el dolor con dolor y mucho miedo: ¿qué vendría?

Después de esta vertiginosa partida llegó un encuentro: Me encontré con mis otros grandes maestros: los niños pequeños y esa sí que ha sido la aventura, porque ellos me conectan día a día con mi niña interior, esa a la que le gusta mucho jugar, aprender y sentir profundamente. Justamente con ellos, empecé a compartir lo aprendido en el camino. Además de brindarles mi presencia y practicar el sentir las nuestras con respiraciones, escucha atenta, juegos, canciones y libros, nos hemos conectado con la tristeza del interior –que, curiosamente, era la misma que yo tenía a su edad: No debo estar triste porque esto aumentaría la tristeza de mis seres queridos; debo ganarme su amor, debo hacer todo muy bien para que ellos no sufran y ayudarles a salir de las necesidades… De nuevo, me saludaba el dolor de un amor condicionado que está muy vivo en las raíces de las creencias sociales, pero que ahora, gracias a las prácticas, viene acompañado de la confianza del sentir para comprender y amar verdaderamente.

De hecho, este proceso de transformaciones junto a los peques ha sido muy confrontador, he sentido miedo de hacerles daño por permitirles sentir lo que quieren expresar, pero al mismo tiempo he sentido confianza porque sé, por mi propia experiencia, que esto también pasará y que en la medida en la que nos conectamos con emociones desagradables como la tristeza o el miedo de forma profunda también podemos hacerlo con el espacio y la plenitud de nuestros corazones.

Un día, Daniel de 8 años, se encontraba agripado y después de nuestras prácticas contemplativas, que las hacemos a diario al empezar la jornada, denominándolas: “Momento Mindfulness” y que algunas veces, lo acompañamos con literatura infantil (Especialmente libro álbum: Que también lo he ido conociendo y explorando gracias a rastreos y selecciones de Andrés y Gise) escribió su sentipensar: “Sentí frio y el dolor es estar vivo” y leerlo me habló directo al corazón porque para mí el dolor acompaña lo que soy y es eso precisamente, lo que me ha ayudaba a cultivar empatía con esos pequeñitos de formas tan diversas y profundas.

Producto de estas prácticas y de esos tesoros que iban apareciendo, hicimos Haikus: una forma de poesía japonesa que nace de la observación detallada de elementos del paisaje natural que se expresan en tres versos. Pero los nuestros, a diferencia de los tradicionales, se escribieron a partir de la contemplación de nuestros paisajes interiores. En ellos, expresamos nuestro sentipensarregalo (–La forma en la que nuestros ancestros construían su sabiduría). Al escribirlos, ubicamos en el primer verso nuestros sentires, tanto físicos como emocionales. (Y como comúnmente estos aspectos no aparecen literalmente en los haikus, los significamos a través de colores, así: Amarillo: Felicidad – Azul: tristeza – Rojo: Enojo – Rosado: Amor – Verde: Calma – Negro: Miedo – Morado: Ansiedad – café: aburrimiento – Gris: nerviosismo). En el segundo verso aparece nuestro pensar: la asociación de recuerdos o vivencias específicas que evocan las emociones o sensaciones anteriores. El tercer verso contiene los regalos que solicitamos y que nos llegaron al corazón con mensajes polisémicos. Este fue mi paisaje interior y haiku:

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Espuma azul

Abertura profunda

Luminiscencia

 

 

Este es el de uno de los peques:

 

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Luz amarilla

Recordar lo vivido

Muerte, trofeo

 

 

Como les conté, para esto estuvimos inspirados en los libros álbum y en el LIJPE (Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Pereira), que este año fue sobre poesía infantil y al cuál Andrés y Gise (organizadores del evento) nos invitaron, posibilitando que los peques y yo, experimentáramos la alegría de conocer a –escritores de verdad, a quienes estábamos leyendo y en ese momento con quienes estábamos compartiendo. ¡Fue mágico y muy emocionante!

Este camino, nos ha permitido relacionarnos con el aprendizaje de formas diferentes y profundas. Hicimos amigos en colegios Privados, en universidades, en otros sitios: Caquetá, Atlanta Georgia-EEUU y República dominicana, quienes se han querido comunicar con nosotros para conocernos, para saber lo que hacemos. Nos hemos enviado videos, cartas, audios, fotos y visitado a quienes están cerca.

Qué loco que después de todas esas decisiones difíciles y llenas de miedo, al mismo tiempo haya sido muy bello dar ese paso hacia lo incierto, porque nos ha conectado con otras realidades, con otras personas, con el mundo y a mí con mi propio mundo para comprender esas creencias raíces de inseguridad e insuficiencia y ver que mi realidad me demuestra todo lo contrario: Soy un lugar seguro, de comprensión y confianza que ahora no sólo yo quiere seguir conociendo sino también muchos otros, grandes y pequeños. Y eso sin mencionar que tengo nuevos amigos maestros que a su vez traen más y somos La tribu del cacao: Muchas personas mágicas queriendo mirar adentro, sanar y compartir.

Este cambio de “Chip” ha venido acompañado de la manifestación de mi cuerpo de dolor: síntomas que cargaba desde antes pero que apenas ahora soy consciente: la tensión muscular que en la adolescencia se llamó neuralgia de Arnold, las defensas bajitas desde la niñez que hace que me den con facilidad infecciones y hongos en diferentes partes del cuerpo: Garganta y útero y que puedo verlas y reconocerlas en muchos momentos de mi vida, (–Sobre todo en donde he sentido más miedo, culpa y vergüenza) pero me adueño de ellos, porque me han convertido en lo que soy, honro que me hayan protegido de esa forma pero ya no necesito protegerme, quiero mantener el corazón abierto para seguir mirando profundo, sanarlo y ayudar a muchos a hacer lo mismo.

Ha sido una aventura inimaginable en la que voy teniéndome mucha paciencia porque sobre todo la ansiedad se ha vuelto a manifestar con fuerza, queriendo que todo sea de un tacazo, pero de una vuelvo a la respiración que no viaja a los trancazos ni a empujones sino fluida, tranquilamente. Elijo este lugar para seguir atenta, conocer, reconocer, trasformar y disfrutar cada paso.

Desde el fondo de mi corazón, quiero agradecerles a Andrés y a Gise por ser mis grandes maestros amigos, y aunque conocí a Keith, “Su maestro: el chamán del cacao” ellos, en su apartamento en todo el centro de la ciudad de Pereira, son el propio portal de conexiones. Gracias a ustedes, el panorama se ve y se siente más claro, porque recordamos que está hecho de inmensidad, de plenitud, de amor verdadero… Me siento muy honrada de haberme enamorado de ustedes y ahora poco a poco de mi misma y de la magia que realmente somos.

Son las nueve de la mañana. Estoy sentado con un grupo de jóvenes en una institución educativa compartiendo la práctica de la Respiración Consciente. No parecen muy interesados. Algunos miran el celular. Por una ventana estrecha que está en uno de los costados del salón puedo ver la copa de dos árboles enormes, verdes, y detrás de ellos la montaña. Inhalo y exhalo en plena conciencia, conectándome de nuevo con el momento, con las personas, conmigo mismo. Algo de la fuerza y la solidez de la montaña se ha quedado en mi corazón. Algo de la frescura y de la belleza de los árboles. Observo, desde el espacio que se ha creado en mi interior, mis juicios y mi resistencia.

Pregunto:

– Muchachos, ¿a ustedes les toca lavar los platos en su casa?

Inicialmente no obtengo respuesta. Silencio. ¿Qué tiene que ver la respiración con los platos? Sin embargo, repito la pregunta. Me río, sobre todo de mí mismo. El ambiente se relaja un poco. La mayoría de los jóvenes que están sentados en el círculo responden que sí a una sola voz. Que les toca lavar los platos, que es horrible, lo peor de lo peor. Un castigo divino.

 Al mismo tiempo, desde una esquina, en un tono de voz tan bajo que no sé cómo puedo escucharlo, alguien dice:

– Ay sí. A mí me encanta. Me encanta lavar la loza.

El círculo vibra por la sorpresa. Todos miran a la joven que acaba de decir eso. Una de sus amigas dice que la va a invitar más seguido a su casa. Obviamente, para que pueda lavar la loza también allá. La joven sigue:

– Yo primero organizo todo: en la base los platos más grandes, luego los más chiquitos. Encima los vasos. Y dentro de los vasos, los cubiertos.

La joven sonríe con los ojos, con la boca, con todo el cuerpo. Brilla. Los demás también sonríen contagiados por la energía de su amiga.

– Luego enjabono todo, lo juago y lo dejo secando. Me encanta, lo disfruto mucho.

Ahora los jóvenes parecen felices. Ya no miran su celular. Están completamente atentos a lo que está ocurriendo en el salón. Les digo:

– ¿No les parece interesante? En la misma situación en la que 19 personas se aburren y sufren, una disfruta y es feliz. ¿No se parece a la vida? ¿Dónde está el asunto, en la situación o en alguna otra parte? ¿Qué creen que es lo que ocurre?

Algunos de los jóvenes en el círculo se cruzan de brazos y arrugan la nariz, pero en casi todos los rostros se dibuja una sonrisa de comprensión. Alguien dice:

– No, pues la cosa es la mente, no los platos.

Cierro los ojos unos segundos. Respiro. La energía del círculo se siente liviana, alegre. Completamente diferente a la de 10 minutos atrás.

Antes de continuar, pienso: “La cosa es la mente, no los jóvenes”. Y empiezo a hablarles de la abundancia natural de la vida, que siempre está ahí aunque a veces no podamos verla.