Un lugar del mundo al que pertenezco

Por Mariana Piñeros 

He intentado escribir este texto de un montón de formas artificiales para que no sea tan cursi. Para no decir: Esto me cambió la vida, no tengo cómo agradecerles a mis tíos por todo lo que hacen y han hecho por mí, me siento una persona increíblemente afortunada por tenerlos cerca, por haber llegado al cacao y a sus profes mágicos, a los amigos que he hecho, a la novedosísima sensación de pertenencia y tribu, a la conexión actualizada y avivada con todo: la naturaleza, las emociones, las dimensiones paralelas, ¡todo!…  Pero no hay otra forma de hacerlo. Eso es lo que siento. Si paro un momento y pienso en todas las cosas que he vivido en estos años, solo puedo sonreír y sentirme afortunada y agradecida por haber llegado a la casita de los tíos (EU yoga, Espíritu Cacao, como le quieran decir), y por seguir volviendo cada vez que puedo. 

El otro día, mientras hablábamos con Keith por Skype, él nos pidió que conectáramos con la energía del espacio físico de la casita, con su entidad vibracional. Y fue muy hermoso. En mi mente repasé todo lo que compone el espacio: las plantas de la entrada, el estante para los zapatos, el umbral de la puerta que uno cruza y empieza a respirar más suave, el olor a salvia o copal o palo santo, el cuadro de “He llegado, estoy en casa”, las esculturas de buditas y ganeshas, la cómoda que estaba en el cuarto de la abuela, el concierto de campanas que sale del equipo de sonido, el olor de los tapetes de yoga distribuidos por bloques de color, el tejido de elefante colgado en la pared, los gatos, los cojines de arroz, las cobijitas dobladas, el baño con jabón de naranja y ambientador de canela, los vasos verdes, las cucharas, el ají, la canela, ¡el altar!: las plantas y flores y estatuas del Cacao Deva, el llamador del bisonte volador, la velita, los tambores, los cuencos, la cortina con caracteres chinos, la luz cálida, la presencia de Andrés antes de empezar cuando tiene los ojos cerrados, las palmas de las manos hacia arriba, está sentado en medio loto y sonríe cuando siente que alguien llega, y la presencia de Gise cuando mira de reojo desde la puerta de la cocina, cuenta cuántas personas faltan por tener cacao, se devuelve silenciosa, bate algo, libera el olor a cacao tibio, recién hecho, y sale para dejarlos en el centro del salón. El espíritu de la casita de los tíos es cálido, sagrado sin ser pretencioso, y reparador. Yo lo sentía desde antes de ir a sus ceremonias. Y ahora lo siento como parte de mi corazón. 

65428221_1335632833258927_8878921784338939904_nMuchas veces, mientras medito, vuelvo a él: incluso visualizándolo, me siento segura y acompañada. Otras veces, partes de su espacio físico aparecen como invitados o representantes a distintas meditaciones: la estatua del Cacao Deva se asoma para decorar la casa de un miedo o de repente hay tapetes de yoga en bloques de colores en la mitad del bosque o Andrés y Gise llegan a acompañarme en un sendero difícil. La casita como espacio y todo lo que la conforma se ha vuelto fundamental en mi vida y cada vez que lo recuerdo siento un susurro en el corazón que me dice que hay un lugar del mundo al que pertenezco, en el que puedo ser yo misma junto a gente que me quiere incondicionalmente, en el que mis sentimientos son guías y no problemas, los síntomas físicos son la señal bajo la cual se esconde un tesoro, y hay un montón de gente mágica esperando con paciencia y emoción a que sea cada vez más… más yo. 

Y ese “más yo” a veces parece un concepto abstracto, pero siempre que veo un recuerdo de Facebook o me autostalkeo me resulta más claro: Cada vez soy más yo. Ahora, por ejemplo, me puedo permitir estar abierta y profundamente agradecida. Todo este camino me ha ayudado a abrir espacio en mi vida para cosas que nunca esperé experimentar. Ahora la felicidad, el agradecimiento y el amor son tan comunes como la tristeza, la rabia y el no propósito. Y yo no sé cómo más decirlo: Esto me ha cambiado la vida. Siento que me veo diferente por dentro y por fuera. Siento que me siento diferente. En estos años, con una mezcla de tiempo, terquedad y ayuda, he logrado cambiar cosas que pensé que eran intrínsecas a mi personalidad. Por primera vez en años tengo sueño antes de las 4 a.m., no siento un miedo excesivo y paralizante antes de salir de mi casa, tengo relaciones profundas y alentadoras con otros seres humanos, y me parece que hay esperanza en el mundo: que el futuro es algo más que un paisaje negro que se extiende en todas las direcciones. 

Por supuesto, eso no ha pasado solo yendo a respirar mientras veo las flores y la belleza de la casita. O sea: no ha pasado como muchos de nosotros creemos que funciona la meditación. Ha sido un trabajo intenso, en el que he tenido que aprender a relajarme, ver los múltiples lados de una misma historia (mi historia), reconocer mi responsabilidad sobre mi dolor, aceptar que mantengo relaciones complejas porque me parece más cómodo sostenerlas que cambiarlas, admitir todas las cosas que viví en mi infancia que me hicieron creer que había algo intrínsecamente malo en mí, revivir con intensidad los sentimientos de desolación, desesperanza, vergüenza, y humillación, y… Mejor dicho, en este tiempo, para poderme volver a conectar con el propósito de la vida he tenido que explorar a profundidad todo el sinsentido; para conectarme con la alegría he tenido que ver de frente mi sufrimiento; y para sentir otra vez amor he tenido que admitir que en mi interior viven sensaciones totalmente opuestas. 

¿Y cómo he hecho eso sin volverme loca/renunciar/paralizarme? Con paciencia e intensidad, amigos, cacao, profes maravillosos, la ayuda de la naturaleza, los sueños y el arte; viviendo con atención; escuchándome con cuidado y apertura; aceptando que estoy en un proceso y puedo ser amable conmigo misma y que cuando no puedo ser amable tampoco pasa nada; tomando conciencia de lo que hace el paso del tiempo en el corazón y el cuerpo; entrando en contacto con mi propia magia; reconociendo que puedo cambiar las creencias que tengo sobre mí misma y sobre mi dolor; respirando: Yendo a la casita de los tíos y haciendo de ese espacio/vórtice algo que también habita en mí. En estos años me he hecho una casita en el interior que también tiene plantas y altares y amigos y es segura.

No es un proceso terminado. Todavía tengo muchas preguntas. Hago muchas cosas de las cuales no me siento orgullosa y tengo sentimientos complejos que no entiendo. Pero pienso en lo que he hecho en este tiempo y la sensación que aparece es la misma: agradecimiento. Y con ella una lucecita en los ojos que me avisa que el futuro, como sea que se presente, solo puede traer más de lo que he estado cultivando: flexibilidad, fuerza, apertura, energía, conexión. Qué loco, ¿no? Hace un par de años jamás hubiese podido haber dicho eso, sin que fuera en chiste. Hace algunos años esos sentimientos me parecían lejanos y ajenos. Cuando veía las fotos de Andrés y Gise tomando cacao, y los veía después en las reuniones familiares siendo personas diferentes, luminosas, me decía: Ojalá algún día pueda sentir esas mismas cosas, ojalá algún día pueda cambiar como ellos lo hicieron. Pero no me lo creía. En el fondo, sentía que no me lo merecía. Y hoy, como casi todos los días, me alegra mucho haber dado ese paso en el vacío,… bueno, ese primer paso después del umbral de la puerta de mis tíos, que es una de las puertas más mágicas de Pereira y el mundo. 

¡GRACIAS!, y perdón por ser tan cursi. (Me encanta).

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