Experiencia extremadamente sintetizada de un viaje al infinito

Por Nathaly Osorio Ríos

 

Dije en mi cabeza, a manera de instrucción de dictado: “voy a empezar por describir lo que siento”. Inmediatamente me surgieron unas ganas incontenibles de llorar que, paradójicamente, se convirtieron en risa por lo lóquico* del asunto. Ahora estoy riendo con algunas lágrimas en los ojos.

Siento excitación, alegría, tristeza y un poco de miedo por empezar a escribir. Andrés me ha pedido hace unas semanas que escriba sobre mi experiencia con el cacao y el mindfulness y me he sentido abrumada, no me han salido las palabras que sienta genuinas. Hace unas horas tomé cacao, luego hice un ejercicio de meditación en movimiento que removió mi ser como una licuadora y acabo de leer el respectivo artículo de Lina sobre su experiencia con Andrés y Gise. Después de todo esto, y con la energía de la luna llena a medianoche, siento que el momento de escribir ha llegado para mí. Y como no sé cómo más iniciar esto, pues inicié así, contando lo que está pasando en mí y ya, como una meditación escribiendo.

Conocí a Gise y Andrés hace casi cuatro años cuando decidí tomar un curso de un mes de yoga. Pasó mucha agua bajo el puente -y dentro de mi ser, y no volví a encontrarme con ellos sino hasta dos años después, cuando estaban en la socialización de su proyecto “Sonríe y Respira” realizado en colegios. Para ese momento, llevaba un tiempo queriendo volver a clases de yoga con ellos, pero las condiciones no se habían dado. Simultáneamente, estaban ocurriendo toda clase de cuestionamientos en mi vida que auguraban rupturas epistemológicas y relacionales. Una sola analogía de esa presentación bastó para resonar en mí, e iba más o menos así:

“Para hacer el proyecto en colegios, elegimos el camino de menor resistencia, porque somos como gotitas de agua en un río. Si hay una piedra en el río, la gotita no la golpea hasta romperla y atravesarla, simplemente la rodea y sigue su curso en el río haciendo su parte: ser una gotita de agua en el río”.

Aunque no continué en un contacto cercano con ellos, esas palabras se quedaron en mí y empezaron a hacer grandes cambios. Asimismo, nutrieron mi práctica de meditación y yoga, que había empezado a explorar por mi propia cuenta.

Hagamos un salto al 2018. Estaba en mi segundo trabajo luego de haberme graduado como psicóloga y había visto que Andrés y Gise habían abierto una convocatoria para el taller de mindfulness “Respira y Sonríe”, dirigido a personas que trabajasen con niñas y niños. Me pareció muy apropiado hacer parte del taller, pero realmente estaba dejando pasar la convocatoria, hasta que mi amiga y colega me pasó el link y me dijo que nos inscribiéramos. De nuevo, muy lóquicamente, yo pasé y ella no.

Desde que les había conocido a finales de 2015, hasta agosto de 2018 que empezó el taller, había pasado por periodos de profunda tristeza, desesperación y desesperanza, había escondido todo eso tras máscaras de alegría o rabia según el contexto, había empezado un proceso de terapia psicológica porque una noche me asustaron demasiado mis pensamientos, había mejorado un poco y abandonado la terapia, habían sucedido cambios paradigmáticos en mi cosmovisión, había iniciado un proceso autodidacta de conocerme y observarme a través de la escritura, la ilustración, el yoga y la meditación y había logrado empezar a ver la luz de la esperanza. Así que cuando inicié el taller, digamos que me sentía bien, mucho mejor de lo que me había sentido ya en un largo rato, y creía que iba a aprender a meditar y a trabajar mejor con infancia.

¡Qué sorpresa! ¡Y qué viaje! No tenía idea de en qué me estaba inscribiendo -y no hablo solamente del taller. Ese primer espacio se sintió bastante bien: aprendí a aceptar las emociones que creía negativas, aprendí que meditar es mucho más de lo que pensaba y pude observar la relación sentimental en la que estaba en ese momento y su final sin drama, sino conscientemente. Hasta ahí, todo suena maravilloso, y hasta podría ser el final de este texto, pero (acá viene el ¡PLOT TWIST!) la aventura, la verdadera aventura estaba apenas empezando.

Mi conexión espiritual se fue afianzando durante lo que quedaba del 2018 y mi intención el día de mi cumpleaños para el nuevo año de vida que empezaba (que coincide bastante con el año calendario) fue que este sería el mejor año de mi vida hasta el momento, el año en el que conectaría con mi poder y mi propósito. Bueno, lectores, cuidado con lo que desean…

Este año no ha sido exactamente como lo imaginaba, pero estoy segura de que está siendo como debe ser. A veces, mi mente racional desespera y me envía rayos de inseguridad, pero estoy volviéndome cada vez más experta en saber qué hacer con ellos. Por varias vicisitudes, empecé un proceso continuo y personal con Andrés y Gise de mindfulness y sanación con cacao. Este ha sido una montaña rusa grandiosamente enriquecedora sostenida en un espacio seguro y amoroso.

He manifestado una realidad bastante particular este año, en la cual no he tenido un trabajo como psicóloga ni he tenido una fuente estable de ingresos. Por otro lado, ha sido un año de conocer personas maravillosas, hacer amistades mágicas, abrir mi mente a experiencias y conocimientos que en otro tiempo rechacé, crear mucho en diferentes ámbitos y abrir mi corazón a sentir TODO lo que deba sentir. Definitivamente, ha sido una espiral hacia mi interior ¡que flipas! He conocido las heridas y la magia de mi niña interior. Me he enfrentado con algunas de mis creencias limitantes nucleares y eso no se siente muy cómodo. He redescubierto parte de mi poder (aún voy por más) y he reivindicado mi arte, aprendiendo que es muy valioso.

higher self

Visualización durante una meditación en ceremonia de cacao del 07 de agosto de 2019 dentro del taller “El Despertar del Jaguar”

Todo el viaje del 2019 me ha mostrado con lupa partes de mi mundo interior y ha removido cosas que creía tener resueltas contundentemente (parte de lo que mencionaba unos párrafos más arriba y cosas mucho más viejas también). Por un tiempo, creí que había fracasado en mi proceso, que no había aprendido nada y que solo estaba en un rincón de impotencia y autocompasión. Afortunadamente (pero de forma nada azarosa), el taller de este año de Andrés y Gise “El Despertar del Jaguar”, me mostró que este sentimiento también es parte del proceso y que lo mejor que puedo hacer es confiar y ver esas partes de mí que no me gustan tanto como regalos o mensajes y no como enemigos. Así, mi posición es la de mi propia maestra, y no la de víctima o luchadora en una contienda interna.

Hay tanto por entrar en detalle: las maravillosas e inéditas sensaciones en las ceremonias de cacao, las visualizaciones casi alucinantes en las meditaciones, las sincronías tan ridículamente acertadas en la vida cotidiana, los momentos de amistad y sanación con mis maestros -que se han vuelto mis amigos, y con nuevos amigos. Pero solo alargaría más esta lectura y realmente son detalles ornamentales (de todas formas, agrego una ilustración que ofrece un vistazo a esto). La esencia de lo que ha sido mi experiencia es la siguiente: desde que he empezado mi proceso con Andrés y Gise, he aprendido a ser mi propia maestra y me he quitado capas tras capas que esconden mi verdadero ser. Ahora existo con más contundencia y amor en el mundo.

¡Ah! Por cierto, ahora siento un estado de tranquilidad y satisfacción, siento que estas letras sí son las indicadas. El latido del corazón nunca falla.

*Lóquico: Palabra acuñada por Andrés y Gise para definir una situación que parece inverosímil o ilógica a la mente racional, pero que tiene motivos bastante claros para nuestro ser.

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