El niño del yunque en el corazón

La tristeza es como comer hielo”, dice una niña de 14 años durante una de sus clases de Mindfulness. “Es una emoción fría”, dicen otros de sus compañeros. “Es como un yunque en el corazón”, dice el niño, también de 14 años, sentado en la esquina del aula. “Se siente como un juguete roto”, afirma a mi izquierda un niño de mirada dura e inflexible, como el yeso que cubre su brazo.

Habíamos empezado, minutos antes, por un ejercicio sencillo: conectar con lo que sea que hubiera en el corazón y enunciarlo como un reporte del clima. Empecé yo. Clima pereirano, dije, intentando alivianar la energía: llueve, escampa, llueve, escampa, y así todo el día. Casi nadie se rió. O el chiste era muy malo o el grupo no andaba para chistes.

 “¿Y cómo se hace el ejercicio si uno está triste?”, preguntó una niña a mi derecha. “Busca la manera de traducir esa emoción en un clima”, le dije. Y durante los siguientes diez minutos escuché reportes de climas soleados y abiertos, y muchos otros de tormentas y nubes negras.

Al terminar el ejercicio, sentí de inmediato que se había aflojado algo, que se había suavizado algo en la energía del grupo. Algo se asomaba detrás de los ojos de los niños y niñas sentados conmigo en el círculo. Les pregunté cuales eran las emociones que más nublaban para ellos el clima interior. Como en avalancha, enunciaron la ira, el miedo, el odio, el rencor, la venganza, los celos, la tristeza, la depresión, la bipolaridad y también la alegría y el amor.

Me levanté y apunté en el tablero cada palabra que habían dicho.

Visibles. Ahora estas emociones eran visibles. Y podíamos hablar acerca de ellas.

“¿Cómo se siente la tristeza?”, pregunté.

Y, mientras escuchaba las respuestas y miraba los rostros de los niños y niñas sentados conmigo, recordé mi propia infancia. El miedo que me daba sentir cosas “negativas” e “incómodas”. El terror de ser desaprobado por los adultos a mi alrededor por sentir o pensar diferente a ellos. La angustia de tener que ocultar dentro de mí emociones y pensamientos que no podía dejar salir porque había aprendido a sentir vergüenza y culpa por tenerlos dentro mío. El enorme esfuerzo de ser una persona diferente a la que era: una que encajara en las expectativas que de ella tenían las personas que la amaban. Y la tristeza de sentir que había en mí algo fundamente malo e indigno de ser amado. La ira y la frustración de creer que no tenía derecho a ser amado si no sacaba las mejores notas, si no me destacaba por encima de todos. El cansancio de que nunca fuera suficiente, de que siempre me faltara algo.

Una oleada infinita de amor y compasión se levantó dentro mío al saber que los niños y niñas que compartían conmigo sufrían lo mismo que yo había sufrido. Un deseo infinito de escucharlos, de validarlos, de ayudarles a sentir que no están solos, que no están locos, que no hay nada malo en ellos ni en lo que sienten.

Y todavía estaba sintiendo esta calidez en mi interior al finalizar la clase, cuando el niño de la esquina, el de 14 años, el que sentía un yunque en su corazón, se acercó a mí y a mi esposa y nos dijo: “Estoy triste. Sé por qué estoy triste, pero no puedo quitarme la tristeza. Medito pero no puedo quitármela”.

Algo en mí se removió a la altura de mi estómago. Era mi niño interior intentando salir para darle un abrazo al niño de la esquina. Y él que sí podía abrazarlo sin avergonzarlo frente a sus amigos, lo abrazó, mientras que yo lo escuchaba y reconocía su dolor, su sufrimiento.

Tantos niños que son el niño de la esquina, el de 14 años, el del yunque en el corazón.

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