La mente y los platos

Son las nueve de la mañana. Estoy sentado con un grupo de jóvenes en una institución educativa compartiendo la práctica de la Respiración Consciente. No parecen muy interesados. Algunos miran el celular. Por una ventana estrecha que está en uno de los costados del salón puedo ver la copa de dos árboles enormes, verdes, y detrás de ellos la montaña. Inhalo y exhalo en plena conciencia, conectándome de nuevo con el momento, con las personas, conmigo mismo. Algo de la fuerza y la solidez de la montaña se ha quedado en mi corazón. Algo de la frescura y de la belleza de los árboles. Observo, desde el espacio que se ha creado en mi interior, mis juicios y mi resistencia.

Pregunto:

– Muchachos, ¿a ustedes les toca lavar los platos en su casa?

Inicialmente no obtengo respuesta. Silencio. ¿Qué tiene que ver la respiración con los platos? Sin embargo, repito la pregunta. Me río, sobre todo de mí mismo. El ambiente se relaja un poco. La mayoría de los jóvenes que están sentados en el círculo responden que sí a una sola voz. Que les toca lavar los platos, que es horrible, lo peor de lo peor. Un castigo divino.

 Al mismo tiempo, desde una esquina, en un tono de voz tan bajo que no sé cómo puedo escucharlo, alguien dice:

– Ay sí. A mí me encanta. Me encanta lavar la loza.

El círculo vibra por la sorpresa. Todos miran a la joven que acaba de decir eso. Una de sus amigas dice que la va a invitar más seguido a su casa. Obviamente, para que pueda lavar la loza también allá. La joven sigue:

– Yo primero organizo todo: en la base los platos más grandes, luego los más chiquitos. Encima los vasos. Y dentro de los vasos, los cubiertos.

La joven sonríe con los ojos, con la boca, con todo el cuerpo. Brilla. Los demás también sonríen contagiados por la energía de su amiga.

– Luego enjabono todo, lo juago y lo dejo secando. Me encanta, lo disfruto mucho.

Ahora los jóvenes parecen felices. Ya no miran su celular. Están completamente atentos a lo que está ocurriendo en el salón. Les digo:

– ¿No les parece interesante? En la misma situación en la que 19 personas se aburren y sufren, una disfruta y es feliz. ¿No se parece a la vida? ¿Dónde está el asunto, en la situación o en alguna otra parte? ¿Qué creen que es lo que ocurre?

Algunos de los jóvenes en el círculo se cruzan de brazos y arrugan la nariz, pero en casi todos los rostros se dibuja una sonrisa de comprensión. Alguien dice:

– No, pues la cosa es la mente, no los platos.

Cierro los ojos unos segundos. Respiro. La energía del círculo se siente liviana, alegre. Completamente diferente a la de 10 minutos atrás.

Antes de continuar, pienso: “La cosa es la mente, no los jóvenes”. Y empiezo a hablarles de la abundancia natural de la vida, que siempre está ahí aunque a veces no podamos verla.

 

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